|
A 27 grados, 48’800 minutos de latitud Norte y 33 grados, 55’250
minutos de longitud Este, y a 30 metros de profundidad, descansa
el que probablemente sea uno de los mejores pecios del mundo; el
S.S. Thistlegorm.
Fue construido en los astilleros de Sunderland (Inglaterra), y
puesto en funcionamiento en enero de 1941, mismo día en que se
incorporó a la flota militar aliada de la 2ª Guerra Mundial.
Nueve meses más tarde, en su cuarto viaje, navegando por el Mar
Rojo en dirección al Canal de Suez, cargado de provisiones y
armamento militar destinado a la ofensiva en el Norte de África
dirigida por el General Montgomery, recibió ordenes de retrasar su
avance, ya que debido a una colisión entre dos navíos, el Canal se
encontraba colapsado, por lo que se vio obligado a fondear cerca
del Estrecho de Gubal.
Por aquellos días, la inteligencia alemana recibió la información
de que un elevado contingente de tropas aliadas se dirigía hacia
el Canal en un convoy donde se encontraba el célebre Queen Mary.
La noche del 5 de octubre de 1941 dos bombarderos Heinkels
alemanes salieron de su base en Creta con la orden de hundir y
destruir a ese convoy. Pero no lo encontraron. De regreso en la
madrugada del día 6 y al límite de su autonomía, se toparon con el
Thistlegorm, descargando su mortífera carga sobre él. Era
aproximadamente la 1:30 h cuando se hundió precipitadamente
dejando 9 victimas de sus 41 tripulantes.
Jacques Yves Cousteau, lo descubrió en 1955 en una de las primeras
navegaciones a bordo del Calypso, y yo el 7 de enero de 2002.
Desde entonces lo he visitado en siete ocasiones más, pero ninguna
de ellas como la última, hace poco más de tres meses.
Siempre me ha fascinado descubrir su silueta a medida que voy
descendiendo por el cabo. Sus 126,5 metros de eslora y sus 4.898
toneladas descansan sobre un fondo de arena en perfecto equilibrio
sobre su quilla sin prácticamente escora. Este museo submarino
alberga en sus bodegas una gran variedad de cargamento militar,
camiones, todo-terrenos, motocicletas, munición, armas, fuselaje
de aviones, …, hasta material ferroviario en su cubierta y dos
locomotoras de vapor sobre el fondo a ambos costados del buque.
Siempre fascinante. Pero esta vez sería especial, ya que teníamos
la intención de sumergirnos por la noche.
Cuando comencé con el ritual de equiparme, tenía esa mezcla de
tensión y emoción antes de aventurarme a lo desconocido, y en
cierta manera así era, ya que sería la primera inmersión nocturna
en el pecio.
Por fin nos lanzamos al agua. Profunda, corriente, pecio, ....,
¡nocturna!, y todo ello bajo un hermoso cielo estrellado del Mar
Rojo. Esa es la última imagen que tuve de la superficie antes de
comenzar a descender por el cabo guía. A partir de ese momento la
oscuridad se hizo manifiesta. En los primeros metros, iluminado
por el foco, solo el cabo de descenso y el abundante plancton que
nos rodeaba, era nuestra única dimensión visual.
No había más. Sabíamos que estaba allí abajo, pero son esos metros
de agua de nadie los que en una nocturna se convierten en papel en
blanco en el que ponemos a escribir nuestras emociones, miedos,
monstruosos y leviatanes.
Y al fin a los 15 metros de profundidad, por su amura de babor, la
imponente y fantasmagórica silueta de su proa aparece bajo
nosotros. Uno de los momentos más esperados y emocionantes de
nuestra aventura. Como si nuestro anfitrión nos estuviera
esperando para darnos la bienvenida, el plancton había disminuido
considerablemente y la visibilidad nos condujo hacia sus dominios.
Recorrimos brevemente la cubierta cercana al puente para
introducirnos en sus bodegas.
En la noche, bajo el agua, todos los detalles se realzan, y la
carga que aparece ante nosotros en el interior mucho más.
Descubrir pequeños detalles que nos revela la iluminación
artificial de los focos, las alargadas sombras que se proyectan,
el brillar de las burbujas del regulador, nos hace retomar de
nuevo esas páginas en blanco que comenzamos a rellenar con
sentimientos emocionados. Es en esos momentos, en donde se mezclan
sensaciones extremas de paz e inquietud, cuando me acuerdo de
aquellas personas queridas que quisiera pudieran vivirlo conmigo.
Somos protagonistas de momentos inolvidables. Somos afortunados.
Tras 35 intensos minutos, decidimos abandonar el refugio de los
mamparos y salir a cubierta. Un breve paseo por ella nos va
descubriendo la diversidad de la fauna que lo ha elegido como
refugio.
Buscamos el cabo para ascender. El plancton ha vuelto, la
visibilidad se ha reducido considerablemente y la corriente se
hace patente. El Thistlegorm se despide de nosotros. Ya en el cabo
guía, a medida que vamos ascendiendo lentamente, su silueta va
desapareciendo y no sin cierta nostalgia abordamos los últimos
metros que nos separa de nuestro medio real. Ha sido como un
sueño, mejor que eso, ha sido una gran aventura.
Ya en la superficie mi primer pensamiento:
¡Hasta pronto! |