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por
Soledad
Fernández
Rescuediver

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 






 

OC


Yo era un erizo feliz y puntiagudo, con una existencia tranquila a merced de las cálidas aguas del mar rojo. Vivía apaciblemente “enganchado” a mi magnífica roca, situada en un lugar privilegiado de las profundidades submarinas, ni muy cerca de la costa, ni demasiado lejos para considerarse las “afueras”.

Tras largos años de búsqueda y esfuerzo por fin había encontrado mi lugar en el océano. Mi roca, era una roca adosada, en un complejo residencial de alto standing formado por un compendio de viviendas unifamiliares habitadas por lo mas selecto de la sociedad marina, en las parcelas colindantes se daban cita los mejores especimenes de morenas leopardo y peces cirujano, que siempre dan caché a la zona, incluso un estupendo ejemplar de napoleón había fijado su residencia dos rocas por debajo de la mía.

Habíamos cuidado hasta el más mínimo detalle encargando a un jardinero el diseño de las zonas verdes, plagadas de coloridos corales y jugosas anémonas y gorgonias. Disfrutaba de mi apacible existencia a merced de los suaves vaivenes de las corrientes que mecían mis esplendorosas, largas y rojas púas, descansando durante el día y saliendo a buscar mi alimento de noche, entre mis platos favoritos se encontraban las algas, el plancton, los cangrejos y sobre todo los mejillones, aunque estos últimos no abundan por la zona.

Todo era perfecto hasta que una noche de septiembre ocurrió el fatal suceso. Como cada atardecer salí al súper a buscar mi sustento diario, estaba a punto de abandonar mi roca cuando vi un numeroso grupo de peces extraoceánicos. Por si alguien no los conoce os diré que este tipo de peces, grandes, negros y con poco colorido, son una especie francamente follonera, aparecen haciendo mil burbujas, removiendo los fondos e invadiendo la intimidad de los habitantes submarinos, estos animales están además dotados de un sistema de auto iluminación que se activa al caer la tarde, por lo que es mas que previsible que se percaten de nuestra presencia.

Por regla general se limitan a observar, cuidándose mucho de tocar nada, y mucho menos a mi, que dispongo de todo un arsenal de defensa compuesto por pedicelareos, que aunque a simple vista a veces parecen inofensivos, disponen de un sistema automático compuesto por tres afiladas hojas curvas que se abren y cierran mordiendo y pellizcando cualquier cosa que represente una amenaza.

Pues bien, como os decía, el escandaloso grupo pasaba frente a mi casa sin problemas, cuando detecté a un miembro de la manada, decididamente torpe, que se acercaba a gran velocidad y sin control, observé que su cubierta negra protectora no cubría todo su cuerpo, dejando al descubierto sus aletas anteriores y posteriores, mantuve la frialdad hasta el último momento, confiando en que detectaría mi presencia y modificaría su rumbo, pero aquel bicho insensato no parecía ser consciente de mi presencia. Armado de todo el valor que me fue posible acaparar, permanecí firme en mi posición, con mi arsenal preparado hasta el momento del inminente impacto. Sucedió en un abrir y cerrar de púas, me agarré a mi roca con los dientes y apunté directamente a una zona vulnerable.

El incidente se cobró 30 de mis estupendos pedicelareos. Vi como el animal se revolvía con movimientos convulsos e incontrolados, temiendo incluso que volviera a colisionar conmigo, lo que hubiera resultado catastrófico para mi integridad física. Por suerte se alejó buscando a sus congéneres, mientras me mantenía firme en mi posición, temblando aún por el flagrante atentado, pude ver como mi agresor buscaba la ayuda de la manada e iniciaban el ascenso. Tras tranquilizarme hice una valoración de daños propios, una verdadera hecatombe, una parte de mi cuerpo había quedado a la intemperie a merced de futuros ataques.

Empujado por la determinación de recuperar lo que era mío, decidí seguir a mi agresor, que en ese momento flotaba en la superficie panza arriba, emitiendo sonoros gritos mientras era arrastrado por sus compinches hasta un barco cercano. Vi como subían al barco y esperé agazapado con la esperanza de encontrar alguna forma de recuperar mis púas, que por los gritos del animalito, estaban funcionando a la perfección envenenando y emponzoñando sin compasión.

El suceso que presencié a continuación me dejó helado, a pesar de los 28º del agua, despojados de sus disfraces, los peces extraoceánicos resultaron ser humanos, que reunidos en torno al herido procedieron a arrancar mis púas de su carne (con unas aletas francamente sucias) y por si eso no fuera poco las achicharraron con aceite caliente. Desolado ante la imposibilidad de recuperar mis pertenencias resolví volver a mi roca a llorar mis heridas.

 

Mi mayor sorpresa fue cuando a la mañana siguiente encontré una orden de desahucio de mi amada roca, no se aceptan animales incompletos en esta nuestra comunidad, ya que le restan elegancia al entorno, por lo que llorando y sin volver la vista atrás tuve que emprender una nueva búsqueda de domicilio, deseando en lo mas profundo de mi corazoncito que aquel armagedon de erizos sufriera al menos tanto como yo, e incluso que fuera detenido por trafico ilegal de especies protegidas.

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