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por
Soledad
Fernández-Tejeda
CasiRescuediver

 

 

 

 

 

Disfrutaba de una apacible siesta mecida por la suave corriente marina, los iridiscentes rayos del sol filtrados a través del agua dibujaban sorprendentes imágenes ante mis adormecidos ojos. Mi alrededor, en su caótico orden preestablecido, me proporcionaba la seguridad que solo se disfruta cuando eres un huevo gestante en el vientre de mama tortuga. Con un enorme esfuerzo forcé mis parpados hasta su apertura completa, con el único propósito de disfrutar de mi entorno con plenitud. ¡Que maravilloso placer, poder saborear el agua dulce y rosada del mediterráneo! Volví a cerrar los ojos dejándome llevar por el sopor de las primeras horas de la mañana. En mi sueño vi centenares de patitos amarillos, que bailaban, gritaban y reían al unísono, recuerdo que uno de ellos trataba de decirme algo, pero no podía entenderle. Una sacudida me sacó bruscamente de mi experiencia onírica, era un juguetón tibufante, que para llamar mi atención succionaba mi caparazón con su trompa y meneaba sus enormes orejas provocando corrientes que me hacían ir de un lado a otro. Traté de zafarme de su trompa en vano, ya que no podía competir con su fuerza y agilidad de movimientos. A punto estaba de marearme y darme por vencida, cuando a lo lejos vi aparecer a mi salvador, silbé con todas mis fuerzas para llamar su atención. El Barraconcito Pérez giró su cabecita, meneó su gracioso hociquito y consciente de mi situación, puso sus aletas al servicio de mi rescate. Nadó sigilosamente hasta alcanzar nuestra posición sin ser visto, se encaramó a lomos del tibufante y le propinó un mordisco en su aleta dorsal, el enorme escualodermo se giró para identificar la causa del punzante dolor en su aleta y al ver a mi pequeño defensor corrió a esconderse detrás de una roca cercana. Me disponía a agradecer al Barraconcito su inestimable ayuda, cuando escuché aplausos y vítores. Con tanto girar y girar no me había percatado de la concurrencia que se había congregado a nuestro alrededor, espectadores pasivos de mi infortunio. Todos reían y jaleaban al héroe, quien ni corto ni perezoso mostraba sus musculosas aletas pectorales para deleite de las féminas.

Traté de limpiar las babas que la trompa del tibufante habían esparcido por mi caparazón, sin mucho éxito, ya que las patas no me daban de si. Tan absorta estaba en mi tarea que no vi venir el siguiente percance del día,un pulperro agitando fervorosamente sus tentáculos se abalanzó sobre mi llenándome nuevamente de babas. Mientras calmaba al canidopodo, que seguramente me había confundido con un suculento hueso de plancton, pude ver como una ballenosa con sus ballenoseznos disfrutaban a carcajadas de la cómica escena, hasta que una delfimandra con sus incontrolables convulsiones producto de la risa golpeó a uno de los balleoseznos con su larga y fina cola. Comenzó entonces una gran disputa entre la ballenosa y la delfimandra, en la que tuvo que mediar la caballartija para evitar daños mayores.

Entre tanta algarabía me pregunté que habría sido del pobre tibufante, lo encontré con la trompa metida en una pequeña cueva, tapándose los ojos con las orejas, el resto de su enorme cuerpo yacía, sin embargo, fuera de la angosta cavidad por motivos físicos obvios. Seguramente el animalito pensaría que si él no veía nada, nadie le vería a él. Sentí una enorme pena y pensé que unos cacahuetes le harían sentir mejor, por lo que envié al pulperro a pedirle algunos a un atungután que había visto antes trepado a un enorme nogal. Volvió con ellos en su boca al cabo de unos minutos, estaban un poco babeados, pero bueno yo también estaba llena de babas y seguía siendo apetitosa para una sopa. Di unos golpecitos en el lomo del escualodermo y me embargó una extraña sensación, su cuerpo era mas duro y rugoso de lo que había imaginado, además tenía las aletas llenas de ramas y hojas. Me frote los ojos desconcertada y para mi sorpresa vi que estaba golpeando en el tronco de un árbol caído. Tras de mí se oían unas estrepitosas carcajadas familiares. Me giré cuidadosamente, con la cabeza dándome vueltas y allí estaban los patitos amarillos tumbados boca arriba, pateando el suelo con fuerza y casi muertos de la risa. Incapaz de comprender en aquel momento lo que estaba sucediendo me tumbé a descansar, con las risotadas de los puñeteros patitos resonando en mi cabeza. Tras unos minutos dedicados a poner orden en mi aturullado cerebro, comencé a recordar fragmentos inconexos que explicaban mi presencia en lo que parecía ser un bosque. Comencé a recordar que tras la ingesta masiva de medusas del mes pasado, que por desgracia me proporcionó algún que otro problema digestivo, fui alentada por mis amigos los patos amarillos a pasar unos días en el campo. Mi escepticismo ante un cambio tan radical de aires, fue aplacado con las maravillosas historias que los patitos me relataban de la vida campestre, hierba fresca, simpáticos e insólitos animales, los rayos de sol acariciando mi caparazón, centenarios y gigantescos árboles y unas exquisitas medusas terrestres que remediarían mis dolencias gástricas. Tan apasionado era su relato, que no tuve mas remedio que optar por la nueva experiencia, al fin y al cabo no todo lo bueno está bajo el agua. Tras un largo viaje alcanzamos nuestro destino, tenían razón, nunca antes había estado en un bosque y su visión era espectacular, todo lo que me habían contado era verdad, incluida la existencia de las medusas terrestres, encontré un puñado de ellas cerca de la base de un árbol, no eran como las marinas, tenían un único tentáculo y su umbrela era roja con puntos blancos, además estas eran mucho mas pequeñas y fáciles de atrapar, ya que estaban fuertemente agarradas al suelo. El patito Castro, que parecía muy ducho en esto de las medusas terrestres, me dijo que se llamaban amanitas oceánicas y que podía comer cuantas quisiera. Y así lo hice, me di un buen atracón. Recuerdo también, que fruto de mi glotonería comencé a sentirme mal, por lo que me recomendó además tomar otra especie para contrarrestar los efectos nocivos, esta era más pequeña y dorada, mongui creo que la llamó. Comí solo un par de ellas, todo se volvió color rosa y lo siguiente que recuerdo con claridad es estar golpeando un árbol caído y los patitos amarillos muertos de risa. Algo me dice que las medusas terrestres estaban en mal estado.

Estos puñeteros ánades plásticos siempre me la están liando, en cuanto el bosque deje de dar vueltas juro que me vengaré.

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